Mientras en Estados Unidos la infraestructura de inteligencia artificial se ha convertido en el campo de batalla de las elecciones intermedias —con votantes de la derecha nacionalista y la izquierda ambientalista unidos en moratorias y prohibiciones contra los centros de datos—, el sur del continente americano asoma como la gran válvula de escape para las tecnológicas globales.
El mito urbano de que los servidores consumen recursos de forma apocalíptica ha paralizado el norte global.
Sin embargo, análisis de The Economist recuerdan que el consumo hídrico de un centro mediano equivale al de apenas un par de campos de golf —y mucho menor si reciclan agua—, mientras que su demanda eléctrica, lejos de arruinar bolsillos, ayuda a distribuir costos fijos y financiar nuevas fuentes de energía.
Con este panorama de fondo, las grandes tecnológicas (las llamadas hyperscalers como Google, Amazon y OpenAI) han puesto sus ojos en América Latina, desatando una carrera con matices muy diversos entre Chile, Brasil y una nueva y ambiciosa promesa: la Patagonia argentina.
Chile y Brasil: El camino institucionalizado
A diferencia de otras naciones de la región, Chile y Brasil llevan la delantera en la implementación de normativas específicas y marcos regulatorios estructurados para la industria tecnológica. Mientras gigantes como Amazon consolidan su infraestructura en territorio chileno, ambos países han intentado equilibrar la llegada de inversiones milmillonarias con exigencias de transparencia ambiental y ordenamiento territorial, buscando evitar el caos político que hoy sufre Washington.
Patagonia argentina: ¿Tierra prometida o «zona de sacrificio»?
En la vereda de enfrente se encuentra Argentina, cuyo ecosistema digital ha estado históricamente concentrado en Buenos Aires. Hoy, la vasta, ventosa y fría Patagonia se ha convertido en el nuevo imán para megaproyectos de IA impulsados por el clima fresco de la región (ideal para la refrigeración natural), la disponibilidad de energías renovables y el gas de Vaca Muerta.
Incluso, se han anunciado proyectos monumentales —como el de OpenAI junto a desarrolladores locales por cifras cercanas a los 25.000 millones de dólares para instalaciones de hasta 500 MW— amparados bajo regímenes de incentivo como el RIGI.
Los desafíos de la «amenaza patagónica»
Pese al entusiasmo económico y la búsqueda de diversificación que promueve el gobierno de Javier Milei, la fiebre de los centros de datos en la Patagonia enfrenta advertencias críticas que la diferencian de los mercados vecinos:
A diferencia de Chile o Brasil, Argentina carece de normativas comerciales, impositivas y ambientales específicas para centros de datos. Las provincias patagónicas receptoras operan sin un marco legal adaptado a esta tecnología de escala masiva.
Comunidades locales y organizaciones socioambientales temen que la alta demanda de agua y energía agrave los problemas hídricos en zonas áridas y compita con las necesidades locales, en regiones que ya cargan con el impacto de la industria hidrocarburífera.
Expertos advierten que «decir que hay energía no es suficiente»; la falta de redes de transmisión eléctrica robustas y conectividad digital pone en duda la viabilidad inmediata de transformar a la Patagonia en un polo tecnológico global sin antes realizar inversiones masivas de base.
La tecnología avanza con fuerza incontenible y el Cono Sur tiene la oportunidad dorada de subirse al tren de la inteligencia artificial. Sin embargo, el desafío para Argentina y sus vecinos será demostrar que el desarrollo digital puede integrarse de manera sostenible, evitando que la promesa de riqueza se convierta en un espejismo sin reglas claras.
¿Considera que los países latinoamericanos deberían priorizar incentivos laxos para captar inversiones tecnológicas a cualquier costo, o se deben endurecer los controles ambientales desde el día uno a pesar del riesgo de espantar a las grandes empresas?








